Imagina un árbol robusto, de copa frondosa, que ha logrado crecer en medio de un bosque seco y amenazado por incendios. Ese árbol puede ser símbolo de resiliencia, pero si el resto del ecosistema arde, su destino también está sellado. Así ocurre hoy con las empresas que avanzan en sostenibilidad de forma aislada: por más esfuerzos que hagan, si su cadena de valor no evoluciona con ellas, el impacto será limitado y, en muchos casos, insostenible.
Durante años, las compañías han centrado sus estrategias de sostenibilidad en las operaciones directas: reducir emisiones, optimizar recursos, mejorar condiciones laborales
internas. Pero el 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero de una empresa promedio provienen de su cadena de suministro, según el Carbon Disclosure Project (CDP). Ignorar ese dato es como cerrar la llave del lavamanos mientras el grifo de la bañera sigue abierto.

